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Hoy hemos tenido una mañana terrible en cuanto a clima. Y sinceramente, para ser domingo apetecía pasarlo en casa en familia sin salir a ningún lado. Pero a eso de las seis de la tarde se fueron abriendo unos claros preciosos entre las nubes hasta casi quedar despejado el cielo en su totalidad.

Esa fantástica luz sí invitaba a salir a dar un paseo familiar. Armados yo con mi cámara, mi hija con su bicicleta y mi media naranja con toda la paciencia que tiene, elegimos unas pistas que dirigen a Compostela y forman parte del Camino de Santiago Portugués, donde uno de los arcenes pertenece a nuestro ayuntamiento y el otro al vecino. Son paradojas que se dan en estos tiempos extraños.

En nuestro camino nos llamó la atención el verdín que se está formando por la humedad de este inicio de año en nuestro barrio. Abandonado por las máquinas de limpieza municipales, las calles se convierten en una verdadera pista de patinaje y a pesar de vestir con ropa técnica y botas de montaña, no he podido evitar algún que otro resbalón en zonas que para colmo se construyen con vistas a accesibilidad, me refiero concretamente a rampas.

Pero volviendo a los momentos alegres, las pistas estaban bastante transitadas pero la gente cumplía perfectamente las normas manteniendo distancias y todo lo que se espera de los ciudadanos para contener el virus que nos tiene bajo estas directrices.

Se nota mucho que los días son más largos y ya cuando se acercaba el atardecer, en hora dorada, pudimos observar quizás uno de los más bonitos cielos que he visto este año. Las pinceladas rosadas que daban contraste al cielo azul y unos nubarrones que se formaron sobre el horizonte y me recordaban al sabroso y dulce algodón de azúcar, me dibujaron esta escena tan hermosa. Las flores amarillas y la maleza verde del primer plano aportaban también esa nota de contraste que tanto nos gusta a quienes disfrutamos con el paisajismo. La casita me ha encantado por su tono rojizo que contrasta con el verde ayudando a que la veamos a pesar de su pequeño tamaño. Únicamente me faltó la luna que desgraciadamente se encontraba tan alta que no podía recogerla en este encuadre.

Una vez más, la vida nos muestra que no hace falta salir muy lejos de nuestro hogar para encontrar cuadros maravillosos y dignos de ser inmortalizados por el sensor de nuestra cámara. Al menos yo he disfrutado mucho haciendo esta fotografía y también con su resultado.

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